Desde el despacho de Juan José Vicente se ve la planta de producción de Orbe en Ponte Caldelas. Conoce a casi todos los trabajadores por su nombre. Bastan unos minutos con el director general para saber que mamó el negocio desde niño. Ya en faena, pregunta a quienes descargan las latas y se acerca a una de las trabajadoras que limpia calamares después de hablar con el departamento de calidad que controla que nada falle. Está a pie de fábrica desde que llegó a ella de la mano de su padre. La empresa ha cambiado mucho desde que su abuelo, Daniel Vicente, fundó un almacén de salazón en Vigo en 1939. Tan solo dos años después y sobre esos cimientos, constituyó Orbe, una empresa conservera que en el último ejercicio facturó 42 millones de euros en una planta de producción en dos alturas con más de 8.000 metros cuadrados. Pero Juan José, al que todos conocen como Nacho —así se llamaba su padre—, se encargó de darle el último gran empujón. Trasladó la fábrica a Ponte Caldelas y apostó por el mercado nacional sin dejar de lado el internacional en el que se asentó primero. Hoy venden el 40 % fuera y el 60 % se queda en España. Orbe está desde que era crío en su imaginario, pero empezó desde abajo. Tras estudiar Empresariales en Vigo y Madrid, conoció el oficio desde abajo. «Estuve casi un año cargando y descargando congelado, de ahí pasé al almacén, estuchado y operario de fábrica durante unos tres años hasta que pasé al departamento extranjero. Mi padre me dijo siempre que tenían que saber cómo funcionaba cada departamento para poder entender el negocio», reconoce Juan José, que cree que es la única fórmula para que perduren las sagas familiares. En esos años en los que estaba al frente su padre, Orbe sólo exportaba conserva. «España era un mercado muy potente en pescado, pero la teoría era que nos peleábamos todos y había muchas fábricas. Pensé, «¿si hay para todos, habrá algo para nosotros?». Y así comenzó la primera revolución. Se adentró en las grandes cadenas, viajó por todo el país en busca de clientes y comenzó a abrir mercado para sus principales referencias: mejillones, chipirones, calamares, sardinas, aguja o atún. El cliente internacional sigue siendo muy importante para Orbe. En países como Puerto Rico, con 2,3 millones de habitantes, venden cada año 3,5 millones de latas. «Yo mismo me sorprendo con algunos datos», apunta Vicente Álvarez. El mundo hispano es un gran cliente para esta conservera. No solo vende en países como Panamá, Costa Rica, Puerto Rico o la República Dominicana, ese sector de la población en Estados Unidos supone una cifra de negocio para Orbe de seis millones de euros. En Europa, Alemania, Italia, Chipre y Francia son sus principales compradores. Con un gran mapa del mundo en su despacho, que no se cansa de mirar, afronta el futuro con muchas incógnitas por la fragilidad del sector. «Las conservas nacieron por el stock que había, pero ya mi padre decía hace años que íbamos a no tener producto para meter en las latas», recuerda José Juan, que cree que «no iba tan desencaminado». Demanda una regulación del sector pesquero para evitar que a medio plazo se cumpla ese presagio. Cuando el sector flaqueaba, Orbe apostó por crecer.

El espacio en Vigo se agotaba y tocaba cambiar de rumbo. Pensaron en el proyecto fallido de La ciudad del frío —un plan previsto en Vigo para albergar a las conserveras—, en Salvaterra y en Mos, pero una visita del entonces alcalde de Ponte Caldelas, Perfecto Rodríguez, cambió el rumbo. Se plantó en su despacho y le vendió muy bien el polígono de A Reigosa, pero le puso una condición: contratar a trabajadores del pueblo. «Mi padre, que aún vivía, decía que esto era una locura, que no funcionaría, pero acertamos y logísticamente estamos muy bien ubicados cerca de Marín», añade. Orbe produce diariamente cerca de 180.000 latas. Podría duplicar la cifra si ampliase un turno, pero la falta de personal condiciona su puesta en marcha. Hay capacidad, pero no mano de obra. Pese a los hándicaps del sector, mira al futuro con ojos ambiciosos, los que tiene desde que era un crío. En su despacho, con la fábrica a sus espaldas, se levanta de la mesa para acercarse al mapa y asegura que «ya hemos dado la vuelta al mundo
para pescar. Está todo explotado, ahora estamos en el Pacífico y se trae mejillón de Nueva Zelanda o Chile». Antes de despedirse y seguir con la faena, recuerda las palabras de su padre, que pese a los años , no han perdido empaque: «Todo lo que hay que hacer es enlatar». Lo dice el director general de la conservera, que luce bata de trabajo y zapatos de plástico para trastear por la fábrica. ¿Otros 80 más? Su padre se jubiló y siguió yendo casi a diario. «Esto engancha», concluye.